La espera para el papa Aunque sea por un momento, para Joaquín valió la pena esperar en la banqueta que pasara Francisco. Cuando llegó Juan Pablo II hace casi 26 años, él vivía lejos de Tuxtla, en Tapachula, lejos por la condición económica, más que las distancias.

Tiene ahora casi 60 años, la diabetes le hincha los pies por estar parado durante las tres horas que lleva, aunque agradece haber conseguido una sombra mientras espera el paso del sumo pontífice por la avenida central de Tuxtla.

“Hace 25 años me quede con las ganas, eran otros tiempos, yo trabajaba en el mercado y apenas y me alcanzaba para la renta, ahora con este papa sí pude venir y aunque sea unos segundos lo veré, bueno, eso espero”.

Joaquín sigue trabajando como comerciante, sólo que ahora sus hijos son los que se encargan del trabajo pesado, él puede salir, aunque hubiera preferido que lo acompañara su esposa, pero Berta hace tres años que el cáncer hizo que sus ojos negros profundos se cerraran.

Ahora espera que pase el papa, no es de los que se emocionará y agitará su mano para saludarlo, no le ve el caso, sólo quiere verlo, aunque no lo vea él, aunque sea por un minuto, pues es hombre de fe, de ver al representante de su religión en su tierra.

“El discurso en San Cristóbal estuvo bueno, habló directo, debemos cuidar la tierra, ahorita los jóvenes ya no hacen nada por eso, incluso los católicos, no estoy para decirlo, pero, mira, quédate cuando todos se hayan ido, verás cuánta basura dejan. Creen que escuchan pero no lo hacen”.

Trabaja vendiendo productos de abarrotes en la zona del mercado San Juan, Joaquín ahorró algunos pesos pero consiguió su boleto en la iglesia de Tapachula, fue donde se animó, la fe que tiene por el cristianismo hizo que no se quedara con las ganas.

“Yo no pongo mi fe en Francisco, pongo mi fe en Cristo, es algo que me hace viajar, porque creo en la sucesión papal, él es el representante de Pedro y por eso vine a escuchar su mensaje, a verlo, a sentir que mi Dios está vivo”.

Joaquín se cansa con la resolana pero espera, cuando escucha la bulla se levanta, se olvida de sus pies y se levanta y alza el cuello para ver a Francisco, primero las patrullas, las sirenas, los policías, de momento se acerca el papamóvil, es el segundo que esperó durante tres horas.

Pasa, la algarabía es total, él con las manos dentro de la bolsa no hace más que mirar, fijo, como grabando en su memoria ese momento, para que no se le olvide su visita. Pasa veloz el automóvil, pasa y no toma en cuenta al tapachulteco.

“Pues ya está, lo hice, lo vi, valió la pena”. Sonríe, se persigna en muestra de fe y se aleja. “Ahora a dejar mi veladora a la iglesia de la Vírgen, ahí haré oración por el papa, para que le vaya bien en el camino. Sólo fue un segundo, pero estuve cerca del vicario de Cristo, otra anécdota más antes de morir, jajaja, es el sol, olvídalo”.