Primer Plano Magazine / Noé Juan Farrera Garzón. - Mario Enrique Esquinca Miceli (1942–2026) fue, ante todo, un hombre profundamente enamorado de Chiapas. Nació en Tuxtla Gutiérrez y desde muy joven entendió que las tradiciones no se heredan solas: se cuidan, se comparten y se defienden con trabajo diario. Su vida estuvo marcada por una convicción sencilla pero poderosa: la cocina es memoria, es identidad y es una forma de contar quiénes somos al mundo. El 5 de febrero de 2026, a los 83 años, su partida dejó un vacío entrañable, pero también una herencia cultural que seguirá latiendo en el corazón de su tierra.
En 1976, con más ilusión que certezas y con un profundo respeto por las raíces chiapanecas, fundó el restaurante “Las Pichanchas”. No lo concibió solo como un negocio, sino como un espacio de encuentro, un hogar abierto donde los sabores, la música y la danza dialogaran con la historia. Con el paso de los años, este lugar se transformó en una auténtica embajada cultural de Chiapas, donde generaciones de familias, viajeros y artistas encontraron un pedazo vivo del estado, servido con orgullo y calidez.
Mario Enrique creía firmemente que cada platillo tenía alma, que detrás de una receta había abuelas, comunidades y siglos de tradición. Su pasión fue dignificar la cocina regional y demostrar que lo chiapaneco merecía ser reconocido, celebrado y preservado. Gracias a su visión, “Las Pichanchas” se consolidó como un referente nacional e internacional, llevando el nombre de Chiapas más allá de sus fronteras sin perder nunca su esencia.
El 30 de septiembre de 2024, al recibir la Medalla de Honor al Mérito Ciudadano “Joaquín Miguel Gutiérrez”, expresó con humildad sentirse satisfecho por haber aportado lo que denominó, “un granito de arena” a la historia turística del estado. Esa frase reflejó su carácter: sencillo, agradecido y siempre consciente de que su trabajo era parte de un esfuerzo colectivo más grande, el de preservar la identidad de un pueblo.
Hoy, su legado no se mide solo en reconocimientos o años de trayectoria, sino en emociones compartidas, en recuerdos creados alrededor de una mesa, en aplausos que acompañan una danza tradicional y en el orgullo renovado de ser chiapaneco. Mario Enrique Esquinca Miceli vive en cada sabor, en cada nota musical y en cada historia que se sigue contando en “Las Pichanchas”, un patrimonio vivo que continuará honrando su pasión, su entrega y su amor profundo por Chiapas.
Descanse en paz.
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