El asfalto es su colchon; un puente los cobija (II)TEXTO: MARIO GARCÍA TORIBIO Y DIEGO MANCERA DELGADO

FOTOGRAFÍAS: DANIEL BAUTISTA

¡José! ¿No te da pena? ¡Hay visitas!”, grita  Magali mientras su pareja duerme en el suelo. El joven de 21 años es de Tlalnepantla; según Magali y sus amigos es un padre especial. Fernandita no es su hija, pero la procura como suya; es el padre bilógico de Alexis y Kevin, producto de su relación con Magali. Salió de casa con ayuda de uno de sus tíos por problemas con su papá. Lo golpeaba porque le caía mal su madrastra. “Por unas nalgas se madreaba a su hijo”, reprocha José.

Junto con su tío encontró un albergue cerca de la estación del Metro Hidalgo. Hoy dedica su vida, como Memo, a cantar de vez en cuando en los vagones del Sistema de Transporte Colectivo de la ciudad. “Me siento de la chingada cuando me la paso cantando toda la ruta del Metro y sacar sólo dos pesos” dice José con tristeza.

Magali confiesa tener más aprecio por sus pequeños que hacia José. “Nos peleamos, discutimos del diario, él anda por su lado y yo por el mío. No se preocupa por los niños, se levanta tarde…”, enlista la joven. A Magali le molesta que José le ‘entre’ a la mota. “A veces se pone muy pesado y muy agresivo. Nos hemos pegado. La otra vez me dejó el ojo morado”, relata. Ellos viven junto a los tres niños y Diana en la “Curva de Puerto Rico”, conviviendo con Memo, Christopher y Mari.

“Espero y no te mueras de aquí al lunes”, le dijo a Kevin una señora llamada Pamela, ella dice ser creyente de los Testigos de Jehová y lleva comida, además de leer la biblia para los chicos del bajo puente de Taxqueña cada sábado. Ese día Kevin tenía mucha gripa.

En un puente peatonal cerca del metro Taxqueña que los jóvenes visitan diario para pedir dinero, Pamela y una acompañante alimentan con pollo a los hijos de José y leen la historia bíblica de Caín y Abel para Magali y Diana.

“¡José, las casas!”, gritó Magali cuando la lluvia empezó a caer. Debían interrumpir el partido de futbol que jugaban con sus amigos y regresar al bajo puente para evitar que el agua inundara la vivienda improvisada con lonas agujeradas. Los charcos crecen hasta llenar el suelo de la vivienda ubicada el camellón de la Calzada de Tlalpan por la basura que tapa las coladeras ubicadas en el carril que da acceso al paradero de la terminal de autobuses de Taxqueña.

Juguetean con el agua estancada mientras la avientan a cubetazos hacia la calzada de Tlalpan.

Magali, de 22 años, alimenta y cambia a sus tres hijos: Fernanda, Alexis y Kevin, de cinco, tres y un año respectivamente. Su esposo, José, se cuida de la lluvia bajo el puente de la “Curva de Puerto Rico”, después de un partido de futbol. Magali se quitó el suéter que traía para cubrir a sus hijos de la tormenta que interrumpió ese mismo juego.

Luis Enrique Hernández Aguilar, Director de El Caracol, considera que se debe desmitificar la representación social que se tiene sobre las mujeres en situación de calle y maternidad. “Porque se cree que son malas mamás pero no hay ninguna investigación que lo respalde; dicen que las mujeres viven en promiscuidad pero no es así”.

Magali está a punto de irse a vivir a otro lugar junto a Diana y sus hijos, José no sabe. Diana tiene ocho meses de embarazo y dará a luz en  una casa hogar. No quieren decir cuál es.

Según El Caracol, para las autoridades, cualquier persona que esté en emergencia es aquella que haya pasado por un temblor, inundación, o que perdió a su familia. A esta gente se le brinda asistencia, “esto significa que te llevan a un albergue temporal, te den comida y cobijas. Ésta ayuda está pensada para la gente de la calle; y esta práctica frecuente en las medidas gubernamentales es conocida como asistencialismo.

No se piensa en el desarrollo de los derechos de estas personas, en su educación y en las herramientas para tener un cambio de vida. El gran problema de todo esto es que las organizaciones, aun con buena voluntad, terminan en un corte asistencialista”, explicó el director de la Asociación Civil El Caracol.

Mientras los chorros de agua corren hacia el interior de sus casas, Kevin juega con un balón a unos metros de caer al vacío. Nadie lo cuida. Junto a sus hermanitos, ha aprendido a sobrevivir en la Curva de Puerto Rico y a los riesgos de los automóviles pasando cada minuto.

Frente a la Curva de Puerto Rico y la Escultura de la Espiga en Calzada de Tlalpan, en la misma casa donde viven Manuel, Jesús y Óscar, habitan Priscila y Dulce. Ellas llegaron después de Manuel, quien lleva 12 años viviendo en la calle. Él empezó la construcción de esa vivienda ubicada bajo el puente que cruza la Calzada de Tlalpan desde Miguel Ángel de Quevedo, cuando esta vía cambia su nombre a Calzada Taxqueña.

El olor a humedad, heces fecales y orines se mezcla en el ambiente de la casa que cuenta con una habitación, un baño y una sala-comedor compuesta por un sillón y garrafones de agua como asientos. Sólo la recámara está techada, un colchón viejo es la cama comunitaria.

Cuando llueve, el sillón y toda la sala se inundan por más que sus habitantes traten de acomodar las lonas para que esto no suceda, pero la rendija entre la parte inferior del puente y la barrera de publicidad que funciona como muro hace que las tormentas visiten la morada para humedecer los muebles.

Priscila y Dulce son chiapanecas, tienen 28 años, la primera es del municipio de Abasolo y la segunda de Villa Flores; ambas se cambiaron el nombre, usaron hormonas para dejar de ser hombres, se visten de mujer; el enchinador de pestañas y la sombra de ojos, son sus principales herramientas para embellecerse. Trabajan en el exterior del Hotel Pasadena de la Calzada de Tlalpan.

Ellas conocieron a Manuel, o ‘Monchito’-como le dicen-, cuando buscaban un lugar para dormir de día; su horario laboral empieza a las ocho de la noche. Él les ofreció quedarse en su rudimentario hogar debajo del puente de Calzada de Taxqueña. Aceptaron. No obstante, ‘Monchito’ les pidió a cambio 100 pesos diarios. “Sabíamos a lo que nos enfrentábamos al quedarnos aquí, pero él nos cuidaba”, enfatiza Priscila.

Con la nariz partida por una cicatriz en diagonal desde el nacimiento del ojo hasta la división de sus fosas nasales, los dientes dorados, y el cabello rojizo a la altura de los hombros, Priscila platica que llegó a la Ciudad de México porque sus padres no entendieron que él deseaba sentirse una mujer. “Si yo quisiera ahorita estaría en un hotel bien chingón, pero prefiero estar conviviendo –aquí en Taxqueña-”, asegura quien también ha utilizado como alías: Elsa, Raquel, Romina; cualquier nombre es adecuado excepto el verdadero: Ricardo.

Antes de arribar a la capital, tuvo su primera aventura como cabaretera en un bar de Tijuana. Ahí nació el gusto por el dinero y los hombres, “disfruto coger por dinero”. No le gustan las fotografías, no se siente atractiva. “¡Ella sólo se va a dejar si le pagas!”, grita Óscar, su compañero de hogar.

Dulce comenta que no puede salir a trabajar si no se toma antes una botella de mezcal o sus cervezas Tecate. Su salario al día tiene que ser 300 pesos. “Lo más que he sacado han sido mil 500 pesos, esa vez el cliente llevaba cocaína y piedra.”, platica mientras se acomoda el sostén con relleno.

“Sólo he tomado hormonas para tener más busto, me depilo casi diario, pero nunca he intentado inyectarme aceite de cocina o gasolina para tener unas buenas tetas o nalgas. Tuve amigas que se murieron por hacer eso.”  El periodista Juan Pablo Proal, en su libro Vivir en el Cuerpo Equivocado, refiere que los transexuales con bajos recursos emplean este método porque es barato y en un día los senos se levantan, con el riesgo de que puede ocasionarles un derrame cerebral.

Ambas quisieran regresar a su estado natal, pero temen ser  recibidas por parte de sus familiares. “Hemos soportado que nos digan putos, maricones, quimeras, pero no aceptamos que nos mienten la madre, porque les respondemos: mi madre no es puta, a la tuya yo le enseñé. Nos han sacado navajas, pistolas, pero amamos lo que hacemos”, enfatiza Priscila.

La población en situación de calle se encuentra en la posición número 15 de 40 entre las más discriminadas de la ciudad, según datos del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED); los primeros lugares están ocupados por personas indígenas, personas gay, gente de piel morena.

Priscila y Dulce son un caso catalogado por Luis Enrique Hernández como “Acumulación de exclusiones o factores de discriminación”, al reunir ocho de estas: ser Gay,  de piel morena, pobres, de baja estatura, distinta forma de hablar, apariencia y modo de vestir diferente, venir de otro estado de la república, ser trabajadoras sexuales y ser integrantes de la población callejera.

El Coneval maneja ocho indicadores para medir la pobreza en la población: rezago educativo, carencia por acceso a los servicios de salud,  por acceso a la seguridad social, carencia por calidad y espacios en la vivienda, carencia por acceso a los servicios básicos en la vivienda, por acceso a la alimentación, población con ingreso inferior a la línea de bienestar mínimo y población con ingreso inferior a la línea de bienestar; además, la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) agrega una novena: falta de acceso a internet.

En este sentido, según Hernández Aguilar, la presencia de uno a tres de estos indicadores significa que un habitante es pobre y más de tres significa estar en la pobreza extrema, entonces “la gente situación de calle, al carecer de todos esos indicadores ¿qué tiene? ¿Pobreza extrema-extrema?”, cuestionó.

“¡Claro! Es sábado de fiesta, los hombres se ponen guapos…”, responde Priscila a ‘Monchito’ con su voz áspera cuando éste le pregunta si hoy va a trabajar. Espolvorea su rostro con maquillaje mientras Dulce regresa para ponerse ropa menos ligera, “hay niños en la calle, imagínate qué trauma les voy a dar si me ven así”, dice señalando una red que le cubre únicamente el pecho y los genitales.